lunes, octubre 23, 2006

Carta a una violeta soñadora (5) "El baile de la discordia"

Querida violeta:
Anoche soñé contigo, y no es la primera vez, como me imagino ya sabrás. A veces, querida mía, el amor nuestro pasa de sublime y excelso y colosal y prodigioso y soberano y primoroso y extraordinario a horroroso y tremebundo y espantoso y torvo y lamentable y espeluznante y siniestro por culpa de los celos que todo lo dominan, tanto a ti como a mí, porque no me dirás que a ti no te ocurre lo mismo, que yo lo sé a ciencia cierta y además se te exteriorizan poniéndote mustia como una violeta.
Pues como te decía, soñé contigo nada más y nada menos que te hallabas en el centro de un gran salón de baile y todos los hombres, a miles, querían bailar contigo el "Imagine" de John Lennon y poco más tarde, otros miles distintos todos, se arrodillaban ante ti para que le concedieras el honor de bailar también el tema de Maná "Sábanas frías". Qué pesadilla, Dios mío. A veces el amor se convierte en eso, en una pesadilla, querida violeta.
Y cambiando de tema, vengo pensando estos últimos días en comprarte unos zapatos, o al menos elegirlos para ti. Pienso y repienso en cómo te vas a desplazar arrastrando tu maceta y qué tipo de zapatos le gustan a las violetas, si con tacón o sin tacón, que si de goma o de suela, con punta fina o gruesa, en fin, espero acertar, amada mía, y que cuando vayas paseando tu palmito te conviertas en la sirena de la tierra y la naturaleza, aunque tú ya lo eres con esa hermosura que Dios te ha dado, querida violeta.
Ahora recuerdo nuestros primeros momentos, cuando tú no querías aceptar mi amor de hombre por el simple hecho de ser un amor de hombre, y me decías una y otra vez, repetitiva como tú sola, que, aunque violeta, no eras mala chica, y que tus negativas hacia mis pretensiones eran producto de los sentimientos que ya percibías en lo más profundo de tu corazón, temerosa entonces, pero reconociendo finalmente que ya tu amor era más importante que cualquiera de los valores de la vida. Qué bonito, querida violeta.
Sin lugar a dudas, es una hermosa historia de amor la nuestra que alguien debería escribir, ¿verdad? ¿Qué título le pondrías? Bueno, al menos quedará nuestra correspondencia, si alguien no la quema con su envidia en una noche de cristales o amores rotos.
Desde la sombra de la palmera de mi amor, y de tu amor, recibe mis besos y mis caricias,
Tuyo.

miércoles, octubre 18, 2006

Carta a una violeta soñadora (4) "Nuestro aniversario"

Querida violeta:
Probablemente no lo recordarás, pero hoy es nuestro aniversario, porque un día como hoy del pasado año fue cuando me enamoraste con tus hojas y tus flores en aquella floristería lúgubre y de mala muerte, más parecida a la oficina de un viejo recaudador de impuestos que otra cosa. Desde luego, no olvidaré aquel día, ni el momento sublime en que me acerqué a ti y te cogí en mis manos, percibiendo al tocar tu maceta la sensación de que nos dábamos un efímero beso, o mejor un escuálido beso que después, pasado el tiempo, dejó de ser flaco, macilento para convertirse en excelso y cimiento de un amor incomparable. Debo estar loco, sin duda.
Bueno sería que pudiera acercame a ti y acariciar tus flores, como si fueras la más linda musa desnuda; bueno sería, también, amada mía, que los hados me permitieran regalarte un libro, unas bellas canciones, mi voz en susurros, un beso, mi aroma personal y un hálito de mi vida. Pero la lejanía nos impone tantas limitaciones y tantos sinsabores que nuestro amor perdura por tal como somos, o porque el amor por sí mismo es majadero, se empecina en unir a dos seres contra viento y marea, por muy traicioneros que sean los vientos y enormes las marejadas.
Mirando hacia atrás, ahora me viene a la memoria cuando, en cierta ocasión, te dije que no te mostraras de determinada manera ante los hombres, aquel aciago día en que al verte al lado de un hombre miserable pensé que una violeta bellísima como tú no podía comportarse así, tan afable y tan sonriente ante semejante individuo, abriendo tus flores y extendiendo tus hojas como si fueran los brazos de una mujer simple, o simplona por ingenua. Qué disgusto me hiciste coger, y encima, a mi entender, te escuché decir que algunas de tus actitudes eran las propias de una chiquilla, como si una violeta pudiera ser una chiquilla o una mujer una violeta. Gracias que, después, cuando te regaba, todo acabó diciéndome tú que me amarías siempre y que significaba mucho para ti y yo, después de la ventisca, haciéndote saber que nunca te haría daño y que sólo pretendía tu felicidad. ¡Cosas de enamorados!
No sé si despedirme de ti felicitándote por este aniversario nuestro, porque quizás no te merezca la pena soportarme, pero que así sea y aquí en esta misiva quede, para bien o para mal, a pesar de los pesares, querida violeta.
Tuyo.

lunes, octubre 16, 2006

Carta a una violeta soñadora (3) "Recuerdos"

Querida violeta:
Hoy me siento cansado. La vida es dura, o a veces la hacemos dura, querida mía. Sigo como ayer repasando papeles, y en uno he encontrado la factura de tu compra, allá por un mes de julio, y no sé por qué en vez de una factura a mi parecer tenía en mis manos una serie de documentos bancarios en inglés y una tarjeta de crédito de un banco de New York cortada en cuatro trozos. Entonces, amada mía, me imaginé el momento en que pasaste a ser mía, cuando acaricé tus hojas y tus flores, te leí un pequeño relato y besé tus labios de violeta, ante tu estupefacción, es verdad, pero con tu correspondencia, desde luego, porque si no fue así que venga el diablo y me lleve.
Recuerdo que, a partir de aquel instante, te coloqué en el balcón de mi memoria, entre sol y sombra, y leí en tu bonita faz que no salías de tu asombro, porque no entendías nuestro beso, mucho menos siendo tú una violeta y yo un hombre. ¡Y es que la vida es una peripecia! ¿O no, querida mía?
Me sentí preocupado aquel día, porque mi atrevimiento podía costarme tu lejanía para toda la vida, y hasta tu reacción por ofendida tenía todos los visos de que te pusieras mustia y perdieras tus flores, al fin y al cabo el futuro amor hacia mí. Afortunadamente no ocurrió así y aquí continuamos, a veces haciendo de la lejanía una cama de hotel y de la cercanía una ansiedad propia de los más celosos amantes.
¿Te regué ese día? No lo recuerdo. ¿Estaban húmedos nuestros labios? Si lo estaban es que te regué, amada violeta. Debí abonarte, para que te hicieras la ilusión de que tu amado te regalaba unos lindos pendientes. ¿Te aboné o te los regalé? Sin duda, cariño mío, tienes un amado loco, que todo lo confunde, desde una mujer a una violeta, desde el agua a la humedad de unos hermosos labios, desde un abono a unos pendientes. ¡Pena de hombre que te ha tocado, violeta mía!
Ah, se me olvidaba: esta mañana soñé despierto que entrabas en mi habitación cuando estaba desnudo y me regalabas una rosa para conquistar aún más mi amor. ¡Cómo sabes enamorarme, cariño mío!
Recibe mi más tierno beso en tu hoja más tierna,
Tuyo.

domingo, octubre 15, 2006

Carta a una violeta soñadora (2) "Tu respuesta"

Querida violeta:
Gracias por contestarme. Esperaba tu carta con ansiedad. Cuando llegó el cartero del viento sentí un estremecimiento que jamás había percibido, y hasta del sobre surgió tu perfume de violeta amada. Qué importante, querida mía, son los olores, sobre todo los aromas y los humores personales cuando el cariño preside la existencia: pena que yo no pueda sustituir tu aroma de violeta, y mira que me gustaría, pero bueno, qué voy a hacer; a lo mejor algún día te lo propongo, pero seguro que me dirás que no, que sólo quieres tu perfume de violeta, que no te interesa un nuevo perfume aunque venga de mí por muy delicado que sea; en fin, me sentiré triste, pero terminaré comprendiéndote, aunque estoy convencido de que te convertiría en la violeta que mejor huele del mundo, aunque no sé si eso sería bueno, porque los hombres tratarían de hacerte suya a toda costa, y entonces yo sería un ser muy infeliz, un pobre soñador como siempre lo he sido.
También gracias por la foto que me envías de esos escalones que dices querer compartir conmigo. Acaso, querida mía, ¿te han quitado del alféizar de la ventana del salón? Espero que esa mujer bella que es tu dueña no te esté maltratando, porque como te dije en mi anterior carta, yo la amo a ella porque cuida de ti y te hace una violeta feliz. Sí, desde luego, cariño mío, quiero compartir esos escalones contigo, y haría cualquier cosa por pasar una tarde junto a ti los dos sentados juntos, muy juntos, cogiéndonos de la mano, aunque ya sé que las violetas sólo tienen hojas y flores, juntando los carrillos y posando nuestros labios humedecidos, besándonos al fin con la ansiedad que da el amor cuando se halla en la lejanía, más allá del horizonte, lleno de celajes con millones de matices que no son otra cosa que las dudas originadas por el mismo amor. Me hace feliz, muy feliz nuestra relación amorosa, querida violeta.
Por cierto, en la segunda foto que me envías, diviso el mar al fondo. ¿Cómo es posible que te hayan llevado al mar? Una violeta tan hermosa como tú puede entristecerse por la acción de las aguas marinas. El mar es hermoso, y por grandioso a veces placentero, pero no entiendo qué haces tú al lado del mar. ¿Quién te ha sacado esa foto? Si al menos fueras madre, a lo mejor, te la hubiera sacado tu hijo, con ese amor que ponen los hijos en las cosas que hacen para sus madres, porque de verdad, querida mía, estás guapísima, eres la violeta más linda del mundo. Claro, ha pasado el tiempo, yo no lo mido desde tu ausencia, y has podido tener un hijo que te ha sacado esa foto tan hermosa, al menos quiero pensar eso, porque triste sería que fuera otro hombre.
Tengo algo de prisa, pues es mi hora de soñar despierto, pero seguiré escribiéndote, amada violeta.
Que la brisa acaricie tu tez como si fueran las yemas de mis dedos,
Tuyo.

sábado, octubre 14, 2006

Carta a una violeta soñadora (1) "Añoranza"

Querida violeta:
Me atrevo a escribirte sabedor de que puedo hacerte daño, pero necesito hacerlo, es inevitable, querida mía.
Ya sé que, con aquella decisión de regalarte, perdí para siempre la luz rosada que desprendías y me hacía soñar a menudo, pero como bien sabes, siempre he querido ser sincero contigo, y si no recuerda las veces que acaricié tu maceta, como si fuera un cuerpo desnudo de mujer, para que sintieras mi cariño hacia ti: tal vez por eso quiero aprovechar esta misiva para decirte que, con tu amor, buscaba otro igual de excelso, igual de inmenso, igual de maravilloso sin lugar a dudas.
No sé dónde te tendrán colocada, espero que no sea en un rincón cualquiera, es más, deseo de corazón que ocupes el alféizar de una ventana de salón, ante el majestuoso horizonte, para que me recuerdes siempre, y si es así, te debes sentir una violeta afortunada, porque en ese horizonte estoy yo mirándote y obsequiándote el amor que siento por ti en una añoranza perenne.
Qué grande es la imaginación, querida violeta. Ahora mismo, haciendo memoria de tu imagen, mientras revolvía algunos papeles, encontré unas fotos que tú misma me mandaste. ¿Lo recuerdas? Claro que no podrás recordarlo, porque las plantas como tú sólo regalan aromas y belleza, sencillez y concordia. De todas formas, haz un esfuerzo, querida mía: una lindura que no eras tú, sentada en el bordillo de un parterre, lucía su hermoso palmito valiéndose de unas hortensias florecidas, pero efímeras. Qué equivocada está esa mujer, seguro que tu dueña ahora, cuando muy bien se podía haber hecho la foto junto a ti.
¿Qué tal es ella? Parece que tan bonita como tú. ¿Cómo te trata? Me da la impresión de que es una buena persona. ¿Te cuida bien?, ¿te riega cuando lo necesitas? Espero y deseo de todo corazón que te trate a las mil maravillas. Si ella te ama a ti yo la amaré a ella, no lo olvides, querida violeta; pero si te odiara, no sé qué sería capaz de hacer por ti.
Recibe mi más tierna caricia,
Tuyo

jueves, junio 15, 2006

Isabelita y el viento (2)

Inocente como ella sola, pensaba que los demás, los hombres y los jóvenes en edad de descubrir, permanecían ilusionados bajo su sombra a la espera de ver la presa, el nuevo pájaro de Isabelita, cuando en realidad no les faltaba sino tenerlo en la mano, acariciarlo.
―Ya verás, Isabelita, que pronto cae uno: no te muevas de donde estás ―le decía el que estaba en perpendicular a ella.
―No, Isabelita, mejor te haces un poco para acá, porque los pájaros ahí te ven la coronilla y se espantan ―le dijo otro calavera.
Todas las mañanas del mundo, todos los días de la semana sin faltar uno, se hallaba en su escondrijo de donde tiraba del hilo y acudía a la trampa para sacar su preciado animal de turno, y también por las tardes, a la hora que los pájaros buscaban su última comida antes de recogerse.
―No me lo creerá, pero desde que coja uno más tendré 500.
―¿Te debe costar mantenerlos una fortuna, no?
―Con la pensión de mi madre me alcanza, porque ella come poco y yo tampoco soy de mucha comida.
Estaba colocando la red y el cajón de madera formando una trampa en lugares estratégicos de la azotea, cuando oyó los gritos desesperados de su madre, y el revoloteo de los pájaros abajo en la casa, cuando la voz quejumbrosa de su madre pedía auxilio, y el piar de los pájaros se hacía tremebundo, guerrero, sin un descanso, sin un silencio aparente, aunque muchos estaban ocupados en llenar sus buches aprisa, antes de que llegara Isabelita.
Bajó la escalera de caracol un tanto sorprendida, pues no se explicaba lo que ocurría. Miró la puerta de la habitación de su madre y se dio cuenta enseguida de su error: la había dejado abierta; se asustó; observó el pasillo, las otras puertas, y todas estaban de par en par; entonces no supo qué hacer, se volvió como loca, daba vueltas sobre sí misma sin tomar una determinación, hasta que se vio delante de la alcoba de su santa madre, y abrió los ojos desmesuradamente, antes de irse en busca de la escoba.
―¡Madre! ¡Mamá! ¡Dios mío! Pero ¿qué te han hecho estos malagradecidos?
Corrió al tocadiscos, puso a todo volumen su canción preferida, Walk on the wild side de Lou Reed, y pretendió a escobazo limpio acabar con ellos uno a uno, escuchar el último aliento de aquellos seres indefensos que se habían convertido en verdaderas fieras, pero no pudo, al contrario, de pronto se vio atacada por bandadas de cincuenta miembros que partían de encima del ropero y le atacaban la cara, se reunían en el cabezal de la cama de su madre ya difunta y le picaban los pechos, aprovechaban las sillas y le descarnaban las nalgas, se colgaban del cable del bombillo y le malherían su barriga lisa, hasta que en la décima acción, los 500 pájaros, en perfecta formación, le sacaron los ojos, y se murieron con ella después, envenenados por el viento que originó la falda de Isabelita cuando la infeliz cayó sobre el piso cubierto de plumas.

miércoles, junio 14, 2006

Isabelita y el viento (1)

Cuando Isabelita se vio envuelta en una guerra sin cuartel, donde los mejores amigos se le convirtieron en violentos personajes que no le perdonaban los arrestos domiciliarios y mucho menos las caricias interesadas, nadie se ocupó de ella, a pesar de sus quejidos durante horas que salían por las cuatro paredes de su casa solariega junto a los sones de la canción que más adelante se dirá.
―¡La pobre! ―dijo una vecina.
―¡La lista!, dirás tú ―aseveró otra.
Isabelita tuvo siempre una cara de virgen, un cuerpo de amada bestia y una sonrisa de abeja: los hombres, embobecidos, si se topaban con ella, continuaban sus mismos pasos, la seguían con la mirada puesta en sus anchas espaldas, sin importarles los comentarios de las demás mujeres.
―Ahí va ese idiota.
―Déjalo, que se haga ilusiones, hasta que un día lo encierre de la misma manera que a su santa madre.
Se podía pensar lo contrario de Isabelita, pero no, era obediente con su madre, y educada con los vecinos, y dulce con los niños, y graciosa con los ancianos, y sobre todo pura con su espectacular cuerpo, sin una mirada lasciva, sin un gesto provocador, incluso con alguna mueca de santa.
―Le digo yo a usted, muchacho, que si ésta nace en la Edad Media, como mínimo hubiese llegado a santa. A lo mejor, téngalo presente, en algún pueblo la tendrían sobre un trono, y la sacarían al oreo cada año.
―Nunca pensé que mi maestro de escuela dijera una cosa parecida.
―Si es la verdad, rediez. A mi edad, míreme bien, y dispuesto estoy a empujar ese trono.
Los vecinos nuevos que no conocían sus orígenes al oír como la llamaban se equivocaban de plano. Isabelita, el día que se enteró, sin mediar palabra, fue directamente a la casa de su tía, la hermana de su padre, y con un pequeño látigo la castigó hasta que la dejó sin resuello, porque no podía haber sido otra. De todas formas, le decían la Pájara por la razón.
El maestro de escuela comentaba que se inició la noche en que le entró un pájaro por la ventana y la mujer de la tienda aseguraba que fue el mismo día que recogió un pajarillo verde en la esquina de la calle, casi muerto, una mañana de invierno: en una o en las dos ocasiones, allí bautizaron otra vez a Isabelita y le dieron el mal nombre, y sin pensarlo comenzó una nueva vida con apenas 15 años cumplidos.
―A lo mejor los pare la misma Isabelita.
―Por la boca será, mala lengua.
Aisló la habitación de su madre y ocupó el resto de la casa con pájaros de todas clases: chirrero y chirringos, calandrias y horneras, linaceros y capirotes, canarios y pintos, mirlos y palmeros. Llenó la azotea de trampas y reclamos, mientras ella se escondía casi colgada del muro de la fachada, como un lince, esperando las presas que aumentarían su colección, al tiempo que los hombres pasaban por debajo para ver qué escondía en sus faldas siempre tan amplias.
―Qué ya tienes pájaro nuevo, Isabelita.
­­―Ssst. Calla, atontado, que me lo espantas: ahora mismo está a punto.

martes, junio 13, 2006

La consulta del doctor Estrías (2)

Se puso muy serio. No le contestó, más bien intentó rehuirla, escondiéndose detrás de mí, sin embargo, la mujer insistió, le dijo que bueno, que si no lo deseaba pues iría con él al Mato Grosso, o a Belém o a Pernambuco, adonde fuera con tal de aprender a jugar de nuevo.
A mi amigo no le quedó otro remedio que decirle que sí, que le avisaría pronto, desde que tuviera todo concretado, pero casi al oído, sin reparos por los presentes, me espetó que ése era el problema de nuestra sociedad, que la envidia afloraba incluso en el despacho de un médico, y en la sacristía entre el cura y el sacristán, y en el taller de mecánica porque el maestro se engrasaba menos que su ayudante.
―¿Lo ves? ―me dijo―, esto es lo que me está matando.
Continuaba sin comprender el porqué de nuestra presencia allí, aunque no me atreví a preguntarle otra vez. La enfermera llamó al siguiente, abrió apenas la puerta y sólo pude observar que llevaba trenzas, vestía como una niña, con un sombrerito de paja y una falda escocesa, y de pronto me imaginé al doctor Estrías, jugando con un coche encima de la mesa y con una pistola de plástico disparándole agua a los pacientes.
Entonces fue cuando le pregunté si el próximo en entrar sería él, pero me dejó estupefacto:
―No. No voy a entrar. Quiero que salga el doctor y me recete aquí mismo: delante de todos, porque necesito cuatro personas. ¡Ah!, y si no entraré, porque entre él, su enfermera, tú y yo podemos hacerlo.
Me asustaron sus síntomas: eran de loco.
―El siguiente.
La señora vieja no había salido y nosotros ya entrábamos, yo arrastrado por mi amigo, sin contemplaciones, sin tener en cuenta mi tenaz negativa.
―¡Hombre, viene usted acompañado! ―le dijo el doctor mientras se tumbaba en el suelo y sacaba un mazo de cartas―. ¿Echamos hoy el desquite?
―No. Mejor al parchís. Pero bueno, sí, como me voy para el Brasil, total echamos la última mano, aunque al tute, y entre cuatro.
El doctor estuvo de acuerdo, se levantó, llamó a la enfermera y entre los dos retiraron lo que había sobre la mesa: muñecas y camiones, sogas para saltar y tejos de piedra viva, pistolas de agua y ametralladoras de espuma, y un estetoscopio hecho con cera, nada más.
Sentados los cuatro en cada lado de la mesa, nada más empezar la partida, cuando yo canté 40 en bastos, mi amigo se echó a llorar de repente, porque había dejado de ser niño, y yo con él. A partir de aquel día, todos los jueves, a eso de las cinco de la tarde, nunca estoy en mi casa, porque tengo hora con el doctor Estrías, ni en el mes de septiembre me encuentra nadie, pues lo paso con mi amigo en el Mato Grosso, entre los indios.

lunes, junio 12, 2006

La consulta del doctor Estrías (1)

Todavía no me explico cómo pude acompañarlo al médico: nos encontramos, me cogió por el brazo y me llevó a un bar de mala muerte junto al mercado; nos tomamos un café y me pidió que fuera con él, porque tenía miedo, y dudas, y hambre de venganza, y muchas cosas más que me contó casi gritando desde que nos sentamos en la sala de espera, sin importarle la señora vieja que respiraba con dificultad a mi lado, ni el hombre maduro que no se quitaba la mano de la frente.
―Vamos a ver ―me dijo―, quizás esté equivocado, pero no soporto que la vida sea así, una selva donde todos son fieras, machos y hembras, todos.
Me puse los puños sosteniendo la barbilla, lo miré con detenimiento y comprobé que sus ojos le bailaban, no sé si por la ira o por la confusión que le revolvía la mente.
Ayer traté de defender a una muchacha de los improperios de un pretendiente, y sabes, ella misma me lo recriminó, se cruzó de brazos y me espetó: "Quién lo ha invitado a usted a esta batalla"
―¿Tú me entiendes? Fíjate: le decía hija de mala madre, zorra, alcahueta, monja de burdel y otras cosas. Nunca, nunca había oído algo igual, y era apenas un chiquillo.
Se levantó. Cogió de la mesilla renqueante que presidía la sala una revista vieja y volvió a sentarse, y empezó a hojearla, con celeridad, dando resoplidos, sin tener en cuenta a los presentes, hasta que reparó en una fotografía y arrancó la hoja donde estaba, y se la puso colgando del cuello como si fuera un babero: parecía un idiota, pero estaba linda la playa de Copacabana.
―¿Tú crees que en todas las partes del mundo la vida será igual? No. Yo no lo creo. Esta sociedad es mezquina, de baja estofa, donde los jornaleros se matan entre sí por un grano de millo en vez de plantarlo, y se ponen de parte del empresario si éste está delante, pero hunden la empresa lo que pueden; donde los ricos son tan pobres que pasan hambre y los pobres quieren ser tan ricos que pierden las oportunidades discutiendo o engañando o incluso robando a los que tienen menos que ellos; donde los sindicalistas pretenden ser empresarios y los empresarios, suspicaces siempre, sindicalistas incultos y torpes. Me tengo que ir de aquí, al Brasil, por ejemplo, y remontar el Amazonas hasta que encuentre una tribu india, a la zona del Mato Grosso, por ejemplo, para empezar de nuevo, subiendo poco a poco la cordillera de Mbacarayú: quizás, a medida que ascienda, mi vida se va transformando.
No. No estábamos en el despacho de un siquiatra, ni siquiera en el de un sicólogo, al contrario, en el rótulo rezaba por fuera lo siguiente: "Dr. Estrías. Especialista en enfermedades de la infancia." Lo vi cuando me levanté y salí para encender un cigarrillo con la intención de que mi amigo se callara, no siguiera hablando de Brasil, pues empezó a llamar la atención de los presentes por primera vez, y a despertar las sonrisas infames de una mujer morena, casi negra de la playa.
Me senté junto a él, le puse la mano sobre una rodilla y en voz baja, con disimulo, le pregunté qué coño hacíamos nosotros allí, y me contestó con otra pregunta.
―¿Y la vieja y ese hombre atormentado?
Me dejó callado: era verdad, tampoco me lo explicaba, y mucho menos al fijarme en el paciente que salía, un hombre que pasaba de los ochenta, con bastón y todo, de cara alegre y sosteniendo en su mano libre un globo multicolor.
―¿Cuándo se va al Brasil, buen hombre? ―le preguntó la señora vieja―. Yo estoy sola desde hace muchos años, me he olvidado de cómo se juega a la comba, por eso estoy aquí, y no me importaría ir con usted, pero si me lleva al Pan de Azúcar y me deja bañar y jugar con la arena en la playa de Copacabana.

jueves, junio 08, 2006

La llave de su reinado (2)

Lo intentó durante 6 noches, sin dejarse atrás las iglesias y los conventos de la ciudad, ni los almacenes de grandes puertas por la zona industrial, excepto la comisaría de policía, por si acaso, hasta que pensó que una llave como aquélla, enorme, oxidada, antigua, sólo podía pertenecer a una estancia de campo, y decidió emprender el camino alejándose cada vez más de la ciudad, usando los atajos para llegar antes y aprovechando la sombra de los árboles para dormir un rato.
―Juan, ¡qué te has vuelto loco de remate! Vuelve a casa, por favor -escuchaba en sueños la voz de su mujer llamándolo y se despertaba sobresaltado.
La jornada número 7 la comenzó con cierto desánimo, sin embargo, apenas había empezado y un detalle lo puso en la pista de que iba por buen camino: a punto estuvo de abrir un establo, donde escuchó adentro relinchos de caballos y un par de mugidos de vacas, pero la llave no terminó de girar, giró la primera y se quedó en la segunda ocasión; y entonces se fijó bien en las características de la puerta y en la forma de la cerradura, porque ahora sólo iba a pararse en las que fueran parecidas.
La labor se le hizo a Juan de los Santos más llevadera. Miraba con los ojos relucientes entre las sombras de la noche como si de una fiera se tratara, y caminaba seguro, ansioso, sin perder el ritmo, hasta que llegó la madrugada y detrás de una curva, al fondo de un risco, por donde se llegaba a través de una vereda estrecha, localizó apenas una puerta y se dirigió a ella entusiasmado, convencido de que sería la que buscaba, y así fue, allí estaba: un pajar, oscuro, lleno de haces de avena y centeno y cebada y trigo, con un jergón de paja en el centro, como si se tratara de un trono, por lo que Juan de los Santos decidió ser el rey de aquella estancia que con tantos sacrificios había logrado encontrar.
El primer día lo dedicó a dormir, y a pensar; a pensar en su vida junto a Carmela del Rosario, y a dormir otra vez más, profundamente, sin un mal sueño, sin una voz que le gritara cualquier cosa.
Esperó a que amaneciera. Con la caja de cartón sobre las rodillas, se dedicó el segundo día a vivir de los recuerdos, a mirarse en fotografías ya canelas donde con pantalón cortó aún y botas de goma la ilusión por vivir se le desparramaba por la cara, o en otras de joven pobre pero limpio, aunque empezando a fruncir el entrecejo, o junto a Carmela del Rosario, cuando todavía Carmela no le reprochaba ni que fumara, hasta que dio con una un tanto movida: en la alameda, con una llave en la mano, mostrándola, quizás preguntándole al fotógrafo si era de él, y éste, por los resultados de su obra, contestándole que no; era idéntica, no tenía duda alguna.
La echó en falta a media mañana, cuando intentó salir a coger aire y a ver si encontraba algo para matar el hambre, pero no se desesperó, al contrario, le dio por silbar canciones que creía haber olvidado, sin embargo, al iniciarse la tarde no pudo más, se volvió como loco en busca de la llave que lo tenía prisionero en su efímero reinado, hasta que se tiró sobre el jergón dejando otra vez su vida en manos del destino, igual que siempre.

miércoles, junio 07, 2006

La llave de su reinado (1)

Aquel día estuvo buscando durante toda la tarde, porque había decidido que finalizara su reinado. No le quedó lugar alguno que registrar, ni haz en que revolcarse, incluso, sintiendo miedo por primera vez allí, con las manos temblorosas, revolvió la caja de cartón donde guardaba todas sus fotografías, pero nada. Juan de los Santos, al llegar la última noche, tan feliz como muerto de hambre, se tiró desanimado sobre el jergón de paja, sin ganas de continuar, decidido a esperar el destino, dejarlo en manos del primero que pasara por la vereda, aunque fuera Carmela del Rosario.
No estaba contento con la vida que llevaba. Desde hacía meses, en las noches de vigilia forzosa, mientras daba vueltas y más vueltas en la cama escurriéndole el sudor, apartándose de su mujer hasta el último centímetro que le permitía la cama, jugando a equilibrista en el borde, preparaba un golpe secreto a su matrimonio, porque no resistía tantas impertinencias.
―Juan, me estoy cansando.
―Acaso ¿no soy tu mejor amigo, Carmela, además de tu fiel esposo?
―Tú sabes muy bien que has cambiado demasiado. Ahora mismo no piensas en otra cosa que jugar con esa llave, como si lo demás no te importase.
No era verdad. O sí. Había dejado el hábito de fumar y lo sustituyó por aquel juego tonto con la llave que se encontró en el mismo lugar donde cayó la última cajetilla de cigarrillos, de una mano a la otra, encerrada sin un resquicio en la palma, echándola al aire para apresarla entre los dedos, realizando vanos intentos con el propósito de mantenerla en vertical, escondiéndola aquí y allá no fuera que su mujer se la tirara a la basura.
Se preguntaba con insistencia dónde estaría la cerradura que accediera a los deseos de aquella llave. Procuraba probar en todas las puertas que veía abandonadas, sin importarle la lejanía del lugar donde la encontró, en el campo y en la ciudad, en los establos desiertos de animales y en las casas abandonadas ennegrecidas por el hollín, en la caja de herramientas del fontanero y en el cajón de madera del labrador donde llevaba el queso para vender. Y aunque en más de una ocasión sufrió un buen susto, fue tratado de ladrón y sinvergüenza, no cejó en su empeño, porque sabía que su vida dependía de la llave.
―Esto no puede continuar así, Juan de los Santos. Si estuviera dispuesta a separarme de ti, te lo juro por los hijos que no hemos podido tener, alegaría que estás loco; y no creas que me lo estoy pensando, porque anoche, mientras dormía, tratabas de abrirme la barriga con esa llave hedionda.
―Eso es lo que tú pretendes, mala mujer. ¿No ves que gracias a esta hedionda llave, como tú dices, he dejado de fumar?
No pudo más. En la media noche de un sábado para un domingo, aprovechando que Carmela del Rosario dormía, cogió un par de mudas de ropa, la caja de cartón con las fotografías y la llave, y se marchó convencido de que tarde o temprano encontraría la cerradura que le abriría otra vida distinta a la que llevaba

martes, junio 06, 2006

Monólogo feliz (2)

Tengo un cofre en mi casa lleno de caracoles pequeños. A veces oigo a una caracola que llama a sus hijos, lejana, en alta mar, y está triste. ¡Si pudiera nadar hasta ella! El mar me da miedo más allá de la costa. Los tiro uno a uno, mejor. Cantan y bailan en un corro los caracoles: "Un hombre triste y feliz nos ha dejado marchar, un hombre triste y feliz ya no nos puede alcanzar". No me levanto y me pongo a bailar yo también porque dirían que estoy loco: los que hablamos a solas debemos cuidar ciertos detalles, pues no es el primero al que meten en el manicomio. Es curioso, dentro de una jarra se puede encontrar un mar: "¿Cambiaste las flores, cariño?" Una tarde de sosiego no se debe interrumpir ni para alargar la vida de un ramo de rosas.
La vecina del octavo es rubia, como una espiga de trigo, larguirucha, y a veces lleva una trenza, teñida, postiza, que le llega más abajo de sus caderas. No creo que sea feliz. Si no fuera por qué, ahora mismo, subiría y le daría unos consejos, pero si lo hago dejo de hablar conmigo mismo, y eso es lo último que estoy dispuesto a hacer.
"¿Cómo lo haces?" -me preguntó mi mejor amigo-; "mira que lo he intentado, sin embargo, desde que abro la boca me siento ridículo". Se lo dije a mi médico un día: "Yo tengo, doctor, una puerta en el corazón y una llave en los labios". Estoy convencido, no creo equivocarme lo más mínimo: los médicos son los profesionales más ignorantes de este mundo. Me recetó unas pastillas que nunca compré y un jarabe para que durmiera mejor. Nunca hablo en sueños, y es una pena: "Qué torpes son, me cago en la leche".
Comprobé que estaba solo en la habitación, me encerré con llave, abrí la puerta del ropero y me puse delante del espejo, viéndome todo, de arriba abajo.
―Háblame de ti.
―Y qué quieres que te diga.
No había envejecido lo bastante, si acaso algo menos de pelo y una arruga sobre el párpado derecho.
―¿Te sientes seguro?
―Sí. Cada vez más.
Algo cargado de hombros, tal vez, y los vellos del pecho poniéndose blanquecinos, también.
―¿Por qué te ríes?
―No sé. Te miraba cuando me hablabas y no eras tú, sino yo. A ver si me explico: no sé.

Nunca pude entender lo que le ocurrió. Desde entonces, Juan de los Santos, está mudo. Su mujer, Carmela del Rosario, me va a volver loco preguntándome, pero yo le digo que no se preocupe, porque él volverá a hablar, cuando deje de ser feliz.

lunes, junio 05, 2006

Monólogo feliz (1)

Cuando hablo a solas me siento acompañado. Ayer mismo, sentado junto a la fragua del herrero, abrasándome el calor por dentro y por fuera, me dije que después de todo soy inmensamente feliz, porque aún me permito el lujo de apreciar muchas cosas: una amapola, por ejemplo, o el color de la sangre que me brota a borbotones a lo largo de mi cuerpo lleno de vitalidad; y a un sarantontón, tan bello como ínfimo, encima de mi brazo, recorriendo su particular laberinto inventado entre los vellos, hasta que vuela, y yo con él.
Sí. No. Aunque a veces duda uno más de la cuenta. Y se pregunta: ¿dónde se esconde la parte de niño que se tuvo?, ¿por qué se esfuman las lágrimas en el hombre si el hombre se amarga por tan poco? La felicidad es una perra en celo que abandona a su amante por nada sin decir adiós. Pero vuelvo a repetir para que me oiga el último de la fila, el que está detrás del roque grande que nadie ha logrado escalar: soy feliz.
Claro, no hay quien se sienta libre completamente; claro, la felicidad y la libertad son hermanas mellizas, engendradas en el mismo huevo. "La ola desnuda luchaba contra el acantilado y lloraba dispersando sus lágrimas". Otra vez. Quién dijo que la felicidad es efímera. Las palabras lejanas las trae el viento y las mías se las lleva envueltas en una sábana blanca. No hay duda: todos deseamos ser un dios de algo; a ninguno nos importaría representar un toro alado, ni siquiera al cabrón, cargado con su cornamenta invisible incluso en la cama, rayando el cabezal de ignorancia, desconocedor de Amaltea, la cabra que amamantó a Zeus.
"Camina cabizbajo el anciano dejando una señal en el camino, profunda, digna de una contera de hierro forjado". Alguien se acerca. Silencio. "¿Hablabas conmigo?" Pienso antes de decir: "No, amor: lo hacía a solas". Manías de hombre inconformista. Me miro las solapas de la chaqueta: "Podría ponerme una amapola en el ojal izquierdo y un sarantontón en el derecho". Qué cosas se imagina uno.
La voz nunca suena igual. En el baño, lo he percibido, trepa por la cortina de la bañera, se balancea en la barra que la sostiene, brinca al espejo, trata de ocultarse en las fosas nasales y hasta intenta regresar al seno materno, pero se pierde por el desagüe del lavabo, hace cloc, cloc, cloc. "¡La puta madre!" Ansioso, me doy cuenta que las cosas de la vida van a parar siempre al mismo sitio.
"¿Tenemos algo de rata?" -preguntó la profesora-. Yo levanté el brazo, un hombre hecho y derecho ya, sentado al final del aula, ante la sorpresa de los chiquillos: "Sí, señorita: el rabo". Un alumno tan aventajado necesitaba una corrección sin misericordia: "Es la cola, ¡estúpido!, y salvo tú, aquí nadie la lleva". Cómo se reían los alumnos y silbaban y golpeaban los pupitres. Me gusta ver a la gente feliz, pero no quise sentirme vituperado de aquella manera: "Señorita, todas nuestras cosas acaban en las alcantarillas". Es cierto.
El anciano regresa de nuevo y yo lo veo a través de la ventana. "Eh, buen hombre: ¿cuándo la muerte está cerca se es feliz?" Está sordo como una caja, no oye ni la contera de su bastón arrastrándose. Respiro profundamente. Me toco la cara y pienso que ya soy mayorcito para estar con mentecatadas: intento continuar siendo feliz.

jueves, junio 01, 2006

Mediodía de silencio y muerte (2)

El barbero se asoma a la puerta de la barbería. La calle desierta frustra su existencia. El verano, maldito, no le da sino quebraderos de cabeza: la gente no se corta el pelo sudado pero sí se corta la lengua, no trae noticias frescas, ni ganas de hablar. Ya se lo dijo su abuelo: "Pollo, un barbero mudo y de mudos no es un barbero como Dios manda". Y encima le dicen a lo largo de todo el año que es igual que una puta, sin distinguir estaciones: mala que es la gente del pueblo donde aún hoy los hombres se quitan el sombrero para entrar en las oficinas municipales.
A lo lejos se escucha el traqueteo de una máquina de escribir, sin embargo, el funcionario no ha salido del bar, ahoga sus penas con ron después de refrescar la garganta con un par de cervezas. Quizás sea el alcalde, desparramando un puñado de puntos y comas en un texto inacabado, o el otro funcionario pelota, porque queda establecido por la ley que un día de calor muy fuerte los funcionarios municipales están exentos de trabajar, aunque lo hagan a la sombra y otros aleguen que quién tuviera esa dicha.
Siguen doblando las campanas. El cura sale de la casa parroquial aventándose la sotana. Ramiro hace un gesto de levantarse en señal de respeto. Los curas también beben, y se emborrachan, y dicen malas palabras, y miran a las mujeres hermosas, y llaman la atención más que una madre majadera.
―Descanse con Dios, Ramiro.
―No me esté jodiendo, con perdón, señor cura: si le molesta tomo asiento en otra parte.
Nunca en verano pone el cura las misas en horas del mediodía, pues muchos irían a aprovechar la sombra. Ni el alcalde regala un paraguas a los vecinos, porque él tiene una sombrerería. Una muchacha desvergonzada, apenas vestida, con una blusa transparente y un pantalón roto adrede y corto por donde se le escapan parte de las nalgas, saluda a Ramiro y le da un beso, para congoja de su mujer, que lo ve todo desde la ventana y pide al cielo que la castigue por semejante pecado mortal.
―Le diré a mi padre que lo he saludado.
―Y yo a mi mujer que te he visto, muchacha: ¡y tanto que te he visto, carajo!
La dueña de la tienda de ropa está segura que con este sol de justicia no venderá en todo el día ni una prenda: nadie se quiere tapar. El tendero de ultramarinos tira desesperado la fruta podrida en una esquina de la calle. Otra vez el herrero da dos únicos martillazos y se propone cerrar sin haberse enterado de quién se ha muerto. El afilador necesita cortarse el pelo y el barbero afilar su tijera, pero ninguno de los dos se atreve a cruzar la calle. Una tapa de salpicón y dos cervezas bien frías consume el señor cura en lo que el diablo se restriega un ojo, y pide la cuenta, pero el propietario del bar le contesta amén.
―Sube a comer, Ramiro, que ya es hora.
Si Ramirito se levanta es que van a dar las dos. Nada cambia en el pueblo. Un lagarto cae del techo de la iglesia y salva la vida por la gracia de Dios.
―Ay, Ramiro, qué disgustada estoy contigo.
Las campanas no dejan de doblar mientras Ramirito disfruta de su última siesta.

miércoles, mayo 31, 2006

Mediodía de silencio y muerte (1)

Doblan las campanas en el pueblo donde aún los hombres se quitan el sombrero para entrar en las oficinas municipales. Un funcionario con mirada cansina y un portafolios en la mano se ata un zapato en el centro de la calle. Las palomas van del campanario a algún lugar secreto en busca de agua y regresan en seguida. El mediodía, plano, sofocante, deja entrever un silencio ficticio, sólo roto por Sinforosa, tan loca como siempre, escondiéndose en los portales para asustar a las moscas.
―Adiós, Ramirito.
―Con Dios, muchacho.
Ramiro aprovecha la sombra de la puerta chica de la iglesia, con el virginio en la boca, apoyando su barbilla en el puño del bastón, pensativo, viendo el alma del calor ascendiendo desde el asfalto hacia el cielo. La mujer de Ramiro, enfrente, detrás de la ventana, lo mira con cariño, igual que lo ha hecho durante los últimos sesenta años. Continúan doblando las campanas, y nadie sabe quién decidió cerrar su libro de bitácora.
―Cómo le va, Ramirito.
―Bien, hombre. Bien, carajo.
El funcionario, más cansado que nunca, cruza la calle y se va en dirección al bar, y pronto se escucha dentro el roce de unos vasos, o de jarras de cerveza. El viejo Ramiro se moja los labios y recuerda mejores tiempos. Una guitarra suena lejana en alguna calle más abajo, tal vez la del afilador, esperando la tardecita para ganarse un duro con el fresco. Un taconeo débil se acerca, lento, al mismo ritmo, como si fuera mecánico.
El sol no tiene sentimientos. Algunas cigarras perdidas buscan pasto en el alquitrán revenido. Un perro vagabundo se echa junto a Ramiro, le mueve el rabo primero en señal de saludo y se duerme poco después. Suena la campanada de la una, entre un doble y otro doble en honor de un muerto desconocido.
―Nadie se debe morir un día de calor como éste, carajo.
―¿Decías algo, Ramiro?
―Nada, mujer. Nada. Hazte para atrás que coges una insolación.
Las campanas pueden doblar por el pueblo muerto. El herrero ha decidido dar dos martillazos, sólo dos, porque tampoco tiene valores para uno más. El perro se despierta sobresaltado al escuchar los gritos de Sinforosa, arrodillada en la escalinata que da acceso al atrio del templo, sin sentir el fuego bajo las rodillas, quizás porque su mente calenturienta le impide percibir otras sensaciones menores, y clama al cielo, solicita suerte para los veinte hijos que asegura haber parido; un ángel de la guarda la coge por el talle y se la lleva camino de su casa, pero ella no se fía, vuelve a gritar, a pedir auxilio, porque no desea que le hagan el hijo número 21; al fin, el perro se duerme de nuevo, poco antes de doblar las campanas una vez más.
―¿Qué se ha muerto alguien, Ramirito?
―Seguramente, carajo. Pena que las campanas aparte de anunciar la muerte no digan también el nombre.
El barbero se asoma a la puerta de la barbería. La calle desierta frustra su existencia. El

martes, mayo 30, 2006

Noche de copas y loros (2)

Con los primeros cortes a la pata de cerdo salió a relucir la pelirroja, la hija del viudo patrón de barco de pesca que vivía cerca del cementerio. Sólo el flaco le había seguido la pista: se casó con un moro cojo y al día siguiente la mató un camión. Recordaban aquellas serenatas con instrumentos tan peculiares como latas vacías de aceite de oliva y botellas de anís; no se olvidaban de las partidas con los dados, bajo el ficus que oscurecía una buena zona delante de la casa, para jugarse el orden de las visitas; tampoco podían callarse, entre carcajadas y brazos en alto y algún aplauso esporádico, que al gordo siempre le tocaba el último, cuando en el depósito ya se había formado un lodazal, tal como decía él entre bromas y veras.
―El destino, amigos, desde aquel entonces, me tenía reservado la profesión que hoy desempeño de empresario dedicado a la venta de leche.
―¡Si Ramona se enterara! ―dijo el rubio.
―Tal vez, cosa que no dudo, me aconsejaría que abriera otra fábrica. ¡Joder con el afán que tiene por ganar dinero!
Aún salieron a relucir otros recuerdos imborrables, como el día en que citaron a sus respectivas novias para celebrar una fiesta un domingo por la tarde en la casa del hombrón y se olvidaron de ellas por culpa de unas extranjeras viejas, o la despedida de soltero del flaco que acabaron en los cuartelillos de un pueblo y casi no llegan a la hora de la boda, o la ocasión en que decidieron vestirse de fantasmas y asustar al vecindario saliendo apaleados, y hasta la noche del Sábado Santo, que las copas les dio por irse a confesar y el cura los echó de la iglesia con malos modos.
―Yo se lo digo a mi mujer: "No voy, Felisa; qué no voy, carajo, porque me echaron un día" ―aseguró convencido el gordo―. Cuando nosotros lleguemos al cielo ya tendremos justificación, cosa que otros no podrán decir, compañeros.
El flaco había oído la palabra dinero. Las cosas le iban mal, y empezó a recibir mil consejos, otros tantos reproches, lo tachaban de torpe y le abrían los ojos con el y si no fíjate yo en poco más de 10 años, pero ni una sola peseta, ni siquiera el aval para sacar un crédito que le iba a servir para cancelar otros tres más caros, y se quiso ahogar con la enésima copa.
―Come, macho, y piensa que todo va saliendo; y bebe menos, joder ―dijo el hombrón.
La última frase, la del yo entre alucinaciones, cuando los loros se pisan las palabras, comenzó a predominar, junto a ¿nos echamos otra? y al ¡total! El hombrón no había conseguido riquezas, sin embargo, se conformaba, porque él aspiraba a ser un hombre, no un esclavo de la vida, mientras, el rubio le decía al flaco: "Yo, aunque tú no lo creas, y mi mujer, también, hemos volcado nuestras vidas en un precioso gato, ya que Dios no ha querido darnos hijos: ¡ni dinero, ni letras, ni nada!" El calvo, subiendo el tono de voz, sabía que la gente no lo apreciaba, pero sólo él era conocedor del corazón tan grande que llevaba dentro y de las limosnas que entregaba a menudo, y el flaco se tomaba la penúltima y decía claro, claro. Por fin, el gordo, balbuceando, recordó a su secretaria y a Felisa, su mujer, y a su mujer y a la secretaria, y a las dos confundiéndolas, porque ya no necesitaba jugar a los dados.
Aquella misma noche alguien oyó a unos hombres dando una serenata frente a la puerta del cementerio.

lunes, mayo 29, 2006

Noche de copas y loros (1)

Los cinco que se creían magníficos entraron casi a un tiempo en la estancia. El más gordo y bajo de ellos, levantando los brazos, riendo sin gracia, dijo que por fin estaban juntos, bueno, y bien surtidos también, mientras le echaba el brazo por encima al más flaco, que ya se servía una espléndida copa de ron y sorteaba en un plato blanco de plástico la elección de una aceituna negra.
―Calma, hermano ―le dijo el gordo al flaco―, espera para brindar por este reencuentro después de tantos años.
―Lo siento, primo, hace mucho tiempo que perdí la paciencia y que esperaba este momento.
Levantaron las copas, las chocaron con ganas, tomaron seis veces seguidas, menos el flaco, que lo hizo una más. El rubio, un hombre con mirada triste y de cuerpo excesivamente blanco, alzó la copa rogando a la vez que el próximo año no olvidaran la cita, porque las amistades había que alimentarlas, y mirando las viandas estuvieron de acuerdo, es más, dos al unísono coincidieron, con el asentimiento del resto, en que eran unos abandonados. El de carácter más fuerte, un hombrón de casi dos metros, tomó la palabra luego y la aprovechó al ver tan interesados a sus amigos; dijo que la amistad era algo más que beberse unas copas juntos, que algún santo, o Dios mismo, debió crearla con la única intención de que los hombres se ayudaran unos a otros; y se brindó a secas, nada más. No quiso dejarlo para más tarde el calvo de gesto antipático, porque temía que se le perdiera la frase que consideraba lapidaria: "Por los hombres, por los humanos, por nosotros los aquí presentes, que hemos sido capaces de convertirnos con el tiempo en ejemplares cabezas de familia". El gordo y gracioso, con premura, apenas llegaba a ejecutar el sorbo correspondiente, ascendió su copa con ambas manos, se puso en el centro de los reunidos, fue realizando el tin, tin con cada uno, se mantuvo en silencio breves instantes y espetó: "Brindo porque veo a mis amigos felices. Brindo porque Felisa no me va a controlar las copas que me voy a echar. Brindo, me cago en la leche, porque no escucho ningún chiquillo llorar". Rieron con ganas, y ya sólo faltaba el flaco, quien se hizo rogar, no encontraba su brindis ni tomándose lo que le quedaba en la copa, ni llenando otra hasta el borde, pero al fin lo logró: "Que de este encuentro salga con todas mis deudas satisfechas". Y todos después brindaron por la vida.
Sentados alrededor de una mesa formada por un tablón sobre unas cajas de madera, comiendo con glotonería y bebiendo como si no lo hubieran hecho en otra ocasión, pronto llegó la fase del te acuerdas. El flaco, bebedor empedernido desde su juventud, recordó como bajo una borrachera, la noche de Reyes, se le ocurrió regalarle, muy bien envueltos en papel de estraza, un par de huevos al cura y otros tantos al afeminado del sacristán.
―Se le rompieron desde que se los diste, ¿te acuerdas? ―señaló el calvo.
―Es que a los jodidos les gustaba mucho apretarlos ―sentenció con una risa estentórea el gordo.

jueves, mayo 25, 2006

La historia maldita de la señora Rita (2)

No perdió la compostura ni con 16 años: paseaba con su novio rozándole apenas las manos, elegante, con pasos firmes y mirada altiva; su hermano de leche la llamó a gritos desde la puerta de una sala de juegos, le dijo: "Rita, maldita"; ella se paró en seco sin girarse primero, y volvió a escuchar las mismas palabras, ahora junto a los aspavientos de su novio; entonces le puso una mano en la boca para que se callara al que pensaba que iba a ser su esposo, se dio media vuelta y lentamente, sin quitarle la vista de encima, se dirigió hacia su hermano con la intención de abofetearlo y darle una lección, pero no hizo falta, porque cayó fulminado al suelo vomitando sangre sin saberse el porqué.
―Hay gente que nace con un sino de desgracia en el semblante, y la acarrea sin que se le vea sobre los hombros.
―También lo tienen metido en el corazón, créame usted.
Ya llevaba más de 7 años en el convento sin salir una sola vez. La madre superiora le recomendó que estuviera en contacto con el exterior, allí donde Dios ponía su mano y le iba a exigir disposición, y de la mano de su confesor volvió a sentirse viva, aunque había perdido el hábito de defenderse ante los hombres.
―Si de perder el hábito se trata, tal vez ocurriera lo que estoy pensando.
―A mi entender, y perdone la expresión, no hay que ser muy listo para imaginárselo.
Tocan las campanas en el convento de las clarisas antes de desplomarse el campanario. Un niño grita a la vida y un confesor muere bajo el peso de las campanas y los cantos. La madre superiora reza en la capilla, pide a Dios que no sea el fin del mundo, y las hermanas luchan en su interior para que no se les despierte el sentido de la maternidad. Rita se limpia las lágrimas y el sudor y la sangre.
―A veces uno piensa mal.
―Entonces es cuando se razona bien, sin duda alguna.
Tampoco tuvo la suficiente leche la señora Rita con que amamantar a su hijo, como su santa madre. Instalada en una casucha terrera en medio de la ciudad, en un vecindario de rameras viejas con cuota de cinco duros y algunas de mediana edad, en pocos días encontró un ama de cría que alimentara a su hijo, los mismos que necesitó para convertirse en señora.
―¿Es verdad que el niño le comió el pezón a la ramera y se desangró en el acto?
―Algo pasó. Es posible: ¡se han dicho tantas cosas! Lo cierto es que el hijo de la señora Rita mordía todo lo que se pusiera a su alcance, era como un perro maldito.
El barrio no se movía sin su permiso. Los chulos se fueron en estampida y el farruco y corpulento que le hizo frente, un sábado a la hora de la siesta, mientras desafiaba desde el centro de la calle a la señora Rita con la intención de que saliera y rajarla allí mismo, se hundió en las miserias humanas: la tapa de la alcantarilla que pisoteaba cedió por su excesivo peso, y pidió auxilio, y dijo: "Rita, maldita: ayúdame que voy a morir ahogado en la mierda".
―¿Colocaron un tablón de madera encima del agujero?
―Ella misma. Y luego se puso a rezar el rosario.
El día que se fugó su hijo se acordó de las monjas y regresó al convento, horas antes de que el vetusto edificio fuera pasto de las llamas sin que pudiera salvarse una sola; sin embargo, ni carbonizado apareció el cuerpo de quien protagonizó la historia maldita de la señora Rita.

miércoles, mayo 24, 2006

La historia maldita de la señora Rita (1)

El mismo día que cumplió los treinta años la abandonó su novio, eso fue un domingo, y el lunes siguiente se marchó corriendo al convento de las clarisas y se hizo monja, para desgracia de la comunidad religiosa.
―¿Qué fue monja la señora Rita?
―Y de las buenas, sí señor.
Rita nació tal día como hoy, un 13 de agosto, en medio de una tormenta de verano, justo cuando un rayo partió a su padre y al caballo que montaba por la mitad, allá muy cerca del tabuco, donde a los 14 años le entregó todo a su novio a las 12 en punto, sin un reparo, confiada en que aquel hombre la llevaría al altar y estaría a su lado hasta el final de sus días.
―Las vueltas del mundo son muy grandes.
―No: grandes hijos de perra son los hombres, que siempre se han creído que el mundo está a su disposición.
Criada por una vecina, nunca mejor dicho, amamantada como Dios manda incluso con los 4 años cumplidos, la vida de Rita se convirtió en constantes eslabones de una cadena partida que se iban separando poco a poco, el primer trozo antes de entrar al convento y el segundo después de salir de él con un hijo bajo el brazo, sin pan y sin hábitos, pero decidida a ser una verdadera señora, respetada, tan querida como odiada, decidida a cumplir con los designios de Dios.
―Y qué es del hijo. ¿Se sabe algo?
―Nada. Alguien dijo que salió de madrugada montado en el caballo de su abuelo, el que partió un rayo por la mitad, y hasta la fecha.
Por su culpa, la vecina y ama de cría, mató a su marido. Estaba aprendiendo a coser cuando él entró; la mujer le preguntó a su marido que de dónde venía, sin mirarlo apenas; él le contestó que del bar, que había estado echando una partida de cartas con los amigos, como de costumbre; Rita dejó la labor, lo miró profundamente a los ojos, le puso una mano sobre el regazo a su madre de cría y le dijo que mentía, que nunca entraba al bar ni a tomar café, que todas las tardes se pasaba horas en casa de Josefa, adonde llevaba regalos, comida, y vestidos lindos.
―¿Lo mató?
―Allí mismo quedó despatarrado, y en el juicio más tarde, fíjese usted, lo único que no se aclaró fue quién le clavó una aguja en los ojos.
Ya las monjas la conocían, pues el mismo día del crimen la recogieron por una semana, junto a su hermano de leche. Cuando tocó en la puerta, ese domingo, serena, dueña hasta de sus párpados, la madre superiora trató de tomarla por el brazo, pero arisca, sin dejarse tocar, le dijo que le echara una mano para destinar su vida a Dios y olvidarse de los hombres.
―Siempre me pareció una mujer de temperamento, entera.
―Una vez oí decir que la escucharon llorando.

martes, mayo 23, 2006

Camino de la oscuridad (2)

No contestó. Avanzaba entre vitrinas y mesas y estanterías como si sorteara su destino: la figura enflaquecida de Caridad parecía intentar recorrer todos los pasos que había dado el mundo en un santiamén; hasta que llegó al final, y lo esperó bajo el marco de la puerta principal, paciente, temblorosa, con los brazos en jarras, muy parecida a un espantapájaros.
―¿Tú qué pretendes, zoquete? ¿Te parió tu madre para reírte de mí?
―¿Cómo te atreves, mujer?
La momia se movió por primera vez en el último siglo al darle Caridad la bofetada que tanto meditó, y despavorida, huyó del lugar mirando hacia atrás de vez en cuando, mientras sorteaba con negligencia el intenso tráfico.
¿Por qué a ninguna de las dos le había preguntado su profesión? Pensó en seguida que una mecanógrafa podría ser su mujer ideal, aquella que en el lecho de muerte le definió su santa madre, y marchó en su busca: escaleras abajo del centro comercial, seguro de sí mismo, raudo, recordó a la chica rubia de la agencia de viajes.
Apoyado en la pared, frente a la cristalera llena de ofertas para disfrutar unas merecidas vacaciones, decidió esperarla; sin quitarle la vista de encima, siempre escribiendo a máquina, por el hueco que dejaba un camello de Africa abajo y una morena del Caribe arriba, rogaba a todos los santos para que aquélla fuese su prenda hembra, la que con verdadero ahínco buscaba y no lograba encontrar; y al verla levantarse y sacudirse su falda azul, sintió un repentino dolor en el pecho, y tuvo que sentarse, revolcarse casi sobre la acera hedionda, hasta que ella pasó muy cerca y se preocupó por su estado.
―¿Te ocurre algo?
Jamás había escuchado un tono de voz tan dulce, ni vio moverse unos labios de una forma tan delicada y un talle rayando la perfección sobrenatural.
―¿Me ayudas a levantarme? ―alcanzó a decir extendiendo su brazo.
Caminaron despacio uno junto al otro sin decirse algo. Atrás quedó la agencia de viajes, el viejo banco de piedra en medio de la renovada plaza y la calle de acceso al centro comercial. Por el paseo, entre cocoteros y farolas igual que gigantes, él se decidió a contarle sus experiencias con las dos únicas mujeres que había pretendido en su vida.
―¿Tanto necesitas una compañera? ―le espetó ella con calculada curiosidad.
―Sí: igual que respirar.
―También yo te puedo rechazar.
Él no quiso escucharla y se limitó a entrelazar sus dedos con los de ella percibiendo un calor distinto al de las otras; luego, sin la menor duda, la besó entusiasmado una, dos y tres veces seguidas, con besos urgentes, parado frente a Noelia, la mecanógrafa, quien sin perder la compostura, usando las partes prolongadas en que terminaban sus manos y que más oficio tenían de todo su esbelto cuerpo, le brindó hacer un viaje a las tinieblas.
En la inmensa oscuridad, después de sus escandalosos fracasos con las mujeres, decidió buscarse un amor entre los hombres.