lunes, junio 12, 2006

La consulta del doctor Estrías (1)

Todavía no me explico cómo pude acompañarlo al médico: nos encontramos, me cogió por el brazo y me llevó a un bar de mala muerte junto al mercado; nos tomamos un café y me pidió que fuera con él, porque tenía miedo, y dudas, y hambre de venganza, y muchas cosas más que me contó casi gritando desde que nos sentamos en la sala de espera, sin importarle la señora vieja que respiraba con dificultad a mi lado, ni el hombre maduro que no se quitaba la mano de la frente.
―Vamos a ver ―me dijo―, quizás esté equivocado, pero no soporto que la vida sea así, una selva donde todos son fieras, machos y hembras, todos.
Me puse los puños sosteniendo la barbilla, lo miré con detenimiento y comprobé que sus ojos le bailaban, no sé si por la ira o por la confusión que le revolvía la mente.
Ayer traté de defender a una muchacha de los improperios de un pretendiente, y sabes, ella misma me lo recriminó, se cruzó de brazos y me espetó: "Quién lo ha invitado a usted a esta batalla"
―¿Tú me entiendes? Fíjate: le decía hija de mala madre, zorra, alcahueta, monja de burdel y otras cosas. Nunca, nunca había oído algo igual, y era apenas un chiquillo.
Se levantó. Cogió de la mesilla renqueante que presidía la sala una revista vieja y volvió a sentarse, y empezó a hojearla, con celeridad, dando resoplidos, sin tener en cuenta a los presentes, hasta que reparó en una fotografía y arrancó la hoja donde estaba, y se la puso colgando del cuello como si fuera un babero: parecía un idiota, pero estaba linda la playa de Copacabana.
―¿Tú crees que en todas las partes del mundo la vida será igual? No. Yo no lo creo. Esta sociedad es mezquina, de baja estofa, donde los jornaleros se matan entre sí por un grano de millo en vez de plantarlo, y se ponen de parte del empresario si éste está delante, pero hunden la empresa lo que pueden; donde los ricos son tan pobres que pasan hambre y los pobres quieren ser tan ricos que pierden las oportunidades discutiendo o engañando o incluso robando a los que tienen menos que ellos; donde los sindicalistas pretenden ser empresarios y los empresarios, suspicaces siempre, sindicalistas incultos y torpes. Me tengo que ir de aquí, al Brasil, por ejemplo, y remontar el Amazonas hasta que encuentre una tribu india, a la zona del Mato Grosso, por ejemplo, para empezar de nuevo, subiendo poco a poco la cordillera de Mbacarayú: quizás, a medida que ascienda, mi vida se va transformando.
No. No estábamos en el despacho de un siquiatra, ni siquiera en el de un sicólogo, al contrario, en el rótulo rezaba por fuera lo siguiente: "Dr. Estrías. Especialista en enfermedades de la infancia." Lo vi cuando me levanté y salí para encender un cigarrillo con la intención de que mi amigo se callara, no siguiera hablando de Brasil, pues empezó a llamar la atención de los presentes por primera vez, y a despertar las sonrisas infames de una mujer morena, casi negra de la playa.
Me senté junto a él, le puse la mano sobre una rodilla y en voz baja, con disimulo, le pregunté qué coño hacíamos nosotros allí, y me contestó con otra pregunta.
―¿Y la vieja y ese hombre atormentado?
Me dejó callado: era verdad, tampoco me lo explicaba, y mucho menos al fijarme en el paciente que salía, un hombre que pasaba de los ochenta, con bastón y todo, de cara alegre y sosteniendo en su mano libre un globo multicolor.
―¿Cuándo se va al Brasil, buen hombre? ―le preguntó la señora vieja―. Yo estoy sola desde hace muchos años, me he olvidado de cómo se juega a la comba, por eso estoy aquí, y no me importaría ir con usted, pero si me lleva al Pan de Azúcar y me deja bañar y jugar con la arena en la playa de Copacabana.

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